Esta tarde de feriado salí a hacerme la manicure. Salí a pintarme las uñas como se decía en los ochentas. A hacerme es mucho decir, a qué me hagan. A una peluquería. Fui caminando para aprovechar de hacer el ejercicio del día, más aún siendo un día libre, más relajado.
Ese momento, mientras dejan tus manos más lindas, es definitivamente un buen momento. Relajado. Dónde no hay nada más que hacer que dejarte hacer. Masaje y exfoliación incluida.
Pero qué pasa cuando estás con las uñas recién pintadas. Nada. Literalmente nada. No puedes hacer nada. Olvídate de abrir la cartera, la billetera. Mirar el celular. Puedes mirarlo, pero no sacarlo de tu bolso, estuche, bolsillo.
No puedes rascarte la cabeza. Pasarte la mano por el pelo. No puedes. Salí a caminar de regreso. Había algo de viento. Y si el viento llevaba arenilla o cochinadas hacía mis uñas húmedas por el esmalte. Se quedarían pegadas en ellas. Se malograrían.
Qué pasa si viene un ser de mal vivir y quiere robarme. Quiere secuestrarme. ¿Podré defenderme? Lo dudo. Tendría que esperar unos treinta minutos por lo menos.
¿Así seremos en el amor?
En esa primera etapa cuando está recién pintadito. Con masajes y exfoliación incluida. Cuando se va formando algo lindo y así se queda un buen rato. Hasta que pasa algo o no. No siempre todo termina en drama, lamento decirles.
Pero definitivamente debe haber un tiempo – así como cuando esperas que se sequen tus uñas – donde no puedes defenderte, no quieres. No te interesa hacerlo. Eres indefensa. Algo débil. Algo torpe. Algo espectadora.
Este último sábado salimos con amigas a dar un paseo por Barranco. Ese barrio bohemio, relajado, feliz y con veintinueve grados de sensación térmica en pleno invierno limeño. Y en una de las paradas, esta vez a comer algo dulce que finalice el día como dicta el cliché. Con el postre. Fue en esta parada que comentamos sobre los momentos que generan la ansiada felicidad. Y me puse a pensar en ellos.
Un instante que recuerdo sucedió hace algo más de diez años, supongo. Fue un instante. Estaba en el segundo piso de un bus turístico Hop On Hop Off en una ciudad de Europa, Barcelona me parece. Verano. Cielo exageradamente azul. El bus avanzando, levanto la mirada, veo el cielo, una rama verde que cruza y un desliz de amable viento sobre el rostro. Listo. Ese solo instante me generó una felicidad que hasta ahora recuerdo.
Hoy mismo. Con mis dos amigas, almorzando, caminando, conversando. Parando en tiendas, en ferias, en librerías. Sin presión. Sin alguien que te espere. Sin un pendiente. La sensación de esa tarde fue felicidad.
Una conversación. Interesante. Rara. Y por rara me refiero a temas menos comunes o superficiales. Encontrar alguien para profundizarlos, desmenuzarlos. Felicidad.
Bailar. Bailar sola. Solo para vivir la canción, no para agradarle a alguien. Y cantar la canción, fuerte, con feeling. Y si compartes el momento con más personas desconocidas que están en lo mismo, también es un momento happy.
Leer sin distracciones mentales me genera felicidad.
Soy feliz cuando leo los blogs que escribí antes y me gustan. Me pasa mucho que no recuerdo lo que escribo y cuando los leo, me sorprendo gratamente de haberlo hecho. Me gusta lo que leo.
Entrar a una librería cool y tocar las carátulas de los libros que causan algún efecto en mi. Creo que hacerles una pequeña caricia es como decirles ‘hey, me gustas y quisiera llevarte conmigo’. Probablemente no lleve ninguno pero ver que estén ahí, estéticamente acomodados, me hace feliz. Me atrevería a decir que se puede tratar de una felicidad visual.
Salir con mis amigos del colegio me hace feliz.
Me hace feliz la comodidad que se siente con personas de confianza extrema. Conocerse con alguien desde los cinco años y seguir con las misma confianza a los cincuenta. Esa conversación absolutamente auténtica y sin poses es una conversación feliz.
Finalmente, analizando qué tienen en común estas situaciones, me di cuenta de qué va la felicidad.
No es mi verdadera intención ser aguafiestas, pero es evidente que lo seré. De otra manera no hubiera empezado así este blog.
Te hago una pregunta, ¿cómo sabes cómo es tu vida? ¿cómo sabes lo que viviste? Lo que hiciste. Lo que dijiste. Cómo hiciste sentir a las personas con las que interactuaste. Al final no lo sabes a ciencia cierta.
Solo guardas lo que tu mente hasta ahora lúcida recuerda, que finalmente es lo que quieres guardar contigo. Me pasó anoche que caminaba regreso a casa, comiendo frutos secos. Y una semillita pequeña de girasol se escapó de mi boca. Lentamente cayó sobre mi brazo. Sobre mi saco. Inmediatamente vino a mi mente una imagen de hace más de treinta años, en el aula del colegio. En las carpetas de atrás, con mi mejor amiga en esa época y el chico que me gustaba en esa época también. Comíamos pecanas y caramelos de limón – buena combinación – a escondidas mientras el profesor dictaba su clase.
Y fue por reirme que abro la boca para que salga la carcajada, pero a la vez sale volando el caramelo de limón. Chupado claro está.
El caramelo, ya pequeño por haberlo mantenido unos buenos minutos en mi boca aterriza sobre mi chompa de colegio, que en los años ochenta era gris y de lana. Se quedó pegado. Y yo seguía riéndome de lo más disforzada coqueteando con el chico que me gustaba, por la gracia tan asquerosa que había hecho.
Luego que todo lo que acabo de contar pasó por mi cabeza por un microsegundo, le hablé a mi amiga y le pregunté si se acordaba. Bueno, me dijo que sí, que algo, pero ella más se acordaba del modelo de mi chompa (modelo murciélago), que de toda la escena que acabo de describir. En conclusión, terminas armando tu vida a tu manera. Claro que hay cosas que son concluyentes y que todos los protagonistas recuerdan lo mismo, pero la emoción nunca será la misma.
Y eso finalmente me parece que está bien. Prefiero tener una propia versión de mi vida. Y si me olvido de algo, que vengan mis amigos a recordármelo.
Cuando salgo a caminar y estoy sin audífonos, me gusta escuchar lo que habla la gente. Las personas con las que me cruzo. No los runners, porque ellos no hablan. Me refiero a los que van al parque a pasear. Los que van con sus perritos. Los que hacen picnic en el malecón. Los que salen para cambiar de ambiente. Para ver el mar.
Pasaron a mi lado un hombre y una mujer, no sé qué relación o parentesco tendrían. Él le dice: ‘Claro como los tacos, ¿no probaste los tacos, la comida mexicana?’
–No
Le respondió ella.
Y pensé que cómo no había comido tacos en su vida. Nunca. Jamás.
En ese momento entendí que cada individuo tiene su propio algoritmo. Respondemos, probamos lo que nos parece conocido. Consumimos lo que está a nuestro alrededor, la vida nos pone en un bucle constante. Nos muestra lo que queremos ver. Vemos lo que queremos ver. Escuchamos lo que nos gusta, lo que nos conviene.
Y así se va formando la vida. La vida que quieres tener. ¿O que te obligan a tener? La mujer que nunca en su vida había probado tacos, quizá si nos pusiéramos a hablar me diría que cómo puedo tomar el café sin azúcar. Cómo que nunca has cambiado un pañal. Y que se yo. Mil cosas más que ella da por sentado que todos deben saber o hacer.
Eso es lo interesante. Que siempre te puedes sorprender. Puedes conocer. Puedes probar. Puedes escuchar nuevas canciones. Puedes aprender. Puedes comer algo por primera vez. O por última vez. Puedes bailar esa canción que dijiste nunca bailarías. Conversar con esa persona que nunca se te habría ocurrido antes.
Rompe el algoritmo. Y si no te gusta lo que ves, siempre puedes volver.
Espero que después del paseo el hombre le haya invitado unos tacos.
“Más vale que no tengas que elegir entre el olvido y la memoria”
Es parte de una canción del español Joaquín Sabina. Me encanta. Escuchando la canción pienso en la memoria que es nuestro disco duro y luego están los recuerdos. Que finalmente son interpretaciones de las escenas que armamos de lo que recordamos. La emoción que sentíamos en ese momento influye en cómo es ese recuerdo. Cómo llega el evento a nuestra mente. A nuestro corazón.
Y decidí recolectar algunas escenas. Algunas aventuras. Momentos de esos años cuando el único propósito de vida era pasarla bien. Hablo de los años ochentas básicamente.
Años en los que jugaba en la calle sin temor a que me secuestren.
Años en los que la música se quedaba en la memoria. Todas las letras. Todos los ritmos. Compraba y aprendía los cancioneros. Que eran folletos impresos en blanco y negro con las letras de las canciones de moda. Y los vendían en el quiosco de la esquina, junto a los periódicos.
Vivía en un edificio de solo ocho departamentos.
Aquí habitaban los personajes de los cuentos y las historias más emocionantes: mi mejor amiga (hasta el día de hoy), una bruja, unos seres misteriosos, un político, un dentista, una estilista y nueve niños incluyendo a mi mejor amiga y a mi.
Cuando jugábamos a Los Magníficos yo interpretaba a Murdoch, el espacio de se podría decir el lobby del edificio que era bastante pequeño, antes de las escaleras, era nuestro cuartel. Ahí planeábamos cómo atacaríamos al enemigo. Ahí también llegaba ese enemigo y echaba gases tóxicos que nos tiraban al piso ahogándonos y tratando de alcanzar la salvación. Que era la caja eléctrica. Si llegábamos a abrirla nos salvábamos.
Compartíamos escenario con Los Ángeles de Charlie, Miami Vice, El Super Agente 86 y también algunas veces ese lobby se volvía en el condominio de Barbie y sus múltiples novios.
Solo eran cuatro pisos en el edificio y habían días que lo convertíamos en una fábrica de hojas. Un balde amarrado con una soga, hojas de eucalipto y alguien que reciba el balde era suficiente. En un piso lavábamos las hojas, las metíamos al balde. Y el balde subía gracias a alguien que jalaba de la soga al otro extremo. Ese alguien también lo bajaba vacío. Y se repetía la acción. Una y otra vez.
Teníamos un club.
No recuerdo qué hacíamos. Había una mesa construida con tablas. Hojas. Colores. Y una presidenta. Sí, mi hermana mayor era la presidenta. Y también la tesorera. Solo Dios sabe qué hacía con lo qué recolectaba.
Vendimos limonada obviamente. Quién no ha vendido limonada en la vereda. A los transeúntes que amablemente cedían ante nuestro relato y colaboraban con el emprendimiento.
Jugábamos Matagente, Bata, Siete Pecados, Policias y Ladrones.
Salíamos con las bicicletas a encontrarnos con los chicos vecinos. Con los guapos. Pero a veces nos intersectaban los malos del barrio. Era febrero, carnaval y globos de agua. El terror. Yo podía entrar en pánico extremo si veía globos de agua. Y paseando en la bici, lo vi venir. Era el amigo del gordo. Ni idea cuál era su nombre. Ni el suyo ni el del gordo. Di la vuelta para avisar a los compañeros y manejé a toda velocidad gritando:
¡Ahí viene el amigo del miserable gordoooooooooo!
Todos corrimos hacia el interior del edificio para mantenernos a salvo y este salvaje con otros de su pandilla empezaron a lanzar los globos de agua dentro de los departamentos más bajos que evidentemente por el calor, estaban con las ventanas abiertas.
Pero cuando nos cruzábamos con los chicos guapos, otra era la historia. Recuerdo que nosotras íbamos. Ellos venían. Todos en bicicletas por el medio de la pista. Y cuando pasa uno de los chicos a mi lado, me dice: “Amorosa”. Que palabra para más rara en esa circunstancia. Pero claro que emocionada hasta las lágrimas.
Lo más osado que hicimos con mi amiga era comprar en la ferretería un spray y escribir en las paredes de San Isidro, un barrio o distrito donde hacer eso era casi delincuencial. Me parece que escribimos “Te Amo Julito”. Nunca sabremos si se enteró de nuestra declaración de amor.
Ya un poco más grandes nos llevaban al Club El Bosque. Debe haber sido la época en que conocimos más chicos. Los retábamos a mini partidos de basquet o quinelas. Ganábamos siempre y ellos invitaban las cremoladas.
Los retábamos a que suban a las abejitas. Un subibaja que daba vueltas y los asientos eran abejas. Se subían pensando era un juego de niños, pero se convertía en una escena de terror cuando les dábamos vueltas con todas nuestras fuerzas y luego nos lanzábamos al jardín mientras gritaban que por favor paremos.
Júgabamos NAM. Una serie de guerra. La canción era Paint it Black de The Rolling Stones. Rodábamos por los jardines, nos metíamos entre los bungalows con armas que ahora mismo mientras escribo no recuerdo si eran juguetes o eran imaginarios, solo con nuestros brazos. Creería que lo segundo.
Entre poner de cabeza el celular y escribir a todos los chats. Entre mirar el cielo y scrollear eufóricamente.
A veces estoy así, en extremos. A veces al mismo tiempo y un extremo le habla al otro. Oye pero qué te pasa que no haces algo. Pero para ya de perder el tiempo. No hagas nada. Descansa. Recarga. Y quién te dijo a ti que puedes descansar con todo lo que hay por hacer en esta vida. En tu hermosa vida.
Y está bien, porque cada minuto la cosa cambia.
Sí, así como cambia la tecnología.
Por eso a veces me extraña cuando me dicen ‘pero si a ti no te gusta esto’, ‘ese chico no es tu tipo’, ‘como que te pusiste short, de cuándo acá’ —— Y me extraña, porque es un poco obvio que la vida es un constante cambio. Pero pasa que sí miras desde fuera a alguien más, crees que debe quedarse como lo conociste. Y si a tu amiga le gustaron morenos siempre, pobre de ella que ahora se fije en un rubio pálido.
Si vieron ‘Perfect Days’ habrán sentido esa nostalgia por la tranquilidad. Por lo análogo. Por lo simple. Por tener la capacidad de elegir cómo quieres vivir. Por sentir. Y eso no significa que no quiera ser también Carrie Bradshaw comprando Manolo Blahnik y migajear de vez en cuando. Al final todo es posible. Ya depende de ti. No tienes que ser la misma persona todo el tiempo. Haz los cambios que quieras. Como diría mi amiga Mel: ‘hechas mierda de cansancio, pero lo importante es que estamos haciendo algo, amiga’ –
Y es más que probable que hayas escuchado decir lo contrario. Y varias veces. Varias veces. Y no es corta. Es que no la usas cómo deberías. La derrochas. La malgastas. No la disfrutas.
Claramente hay excepciones. Como en los terremotos, desastres naturales que no avisan. Y si alguien muere niño, joven. Se puede decir que su vida fue corta. Pero aún así, si la vivió bien, probablemente se vaya de este plano, satisfecho. Porque si te pones a pensar, quien muere no racionaliza que ha muerto o cuánto tiempo vivió, pero sí sabe mientras estuvo en vida, cómo le ha ido con ella. La famosa y manoseada ‘calidad de vida’.
¿A qué viene toda esta filosofía?
Llega por el gentil auspicio de Séneca y su libro Sobre la brevedad de la vida dónde menciona algo parecido: La vida no es corta, es que tú la malgastas. Y me pareció genial darle la contra a todos los que dicen que la vida es corta. Todo depende desde dónde lo digas.
Entonces qué hacemos.
Empezar a vivir si crees que puedes hacerlo mejor.
Empezar a vivir la vida que quieres, mejor dicho.
Empezar a dejar el automático.
Empezar a incomodarte más.
Empezar a ver la otra parte del mundo que no veías.
Hoy no era como todos los días. El sol quemaba más. Y solo cinco nubes, muy grandes y alegres cubrían todo el cielo de Cusco. Sentí algo especial, una intuición como de esas que ya no se tienen tanto. Positiva.
Ya eran las diez de la mañana cuando llegó el primer grupo del día. Y la tienda estaba en mes de apertura. 100% baby alpaca. Suave. Calidad de exportación.
-Jaime, hoy es un gran día.
Me dije mientras recibía a este grupo de turistas. Las puertas abiertas tanto como lo estaban mis brazos y mi sonrisa.
Ella fue la primera en entrar. Pequeña, delgada, pelo largo, ondeado color caramelo. Podía imaginar el olor a frutos secos de su pelo. Sus ojos, inmensos como una luna llena en cielo despejado. Me miraron. Y yo los miré como nunca había mirado a nadie en mi vida. Diciéndole que se quede conmigo, que vivamos en la montaña, lejos de la ciudad.
Y no sé si pudo leer lo que decían mis ojos, pero en ese momento se acercó a mi. Me preguntó por una pashmina. Colombiana. Me lo dijo su acento y esa voz que alborotaba todos mis sentidos.
-Esta me encanta. Le va perfecto a todo. Es tan suave. Seguro que me durará mucho tiempo.
Apoyé la pashmina sobre sus hombros y le dije que le quedaba perfecto.
La compró y se fue corriendo porque la dejaba el grupo. Salí a la puerta y en ese momento mientras la veía subir al bus, sonaba en el auto de al lado una canción de Joaquín Sabina. Esa letra, esa canción, ese momento jamás se me olvidó, así ya hayan pasado once años desde aquel encuentro.
´No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió’