Más vale que no tengas que elegir

“Más vale que no tengas que elegir entre el olvido y la memoria”

Es parte de una canción del español Joaquín Sabina. Me encanta. Escuchando la canción pienso en la memoria que es nuestro disco duro y luego están los recuerdos. Que finalmente son interpretaciones de las escenas que armamos de lo que recordamos. La emoción que sentíamos en ese momento influye en cómo es ese recuerdo. Cómo llega el evento a nuestra mente. A nuestro corazón.

Y decidí recolectar algunas escenas. Algunas aventuras. Momentos de esos años cuando el único propósito de vida era pasarla bien. Hablo de los años ochentas básicamente.

Años en los que jugaba en la calle sin temor a que me secuestren.

Años en los que la música se quedaba en la memoria. Todas las letras. Todos los ritmos. Compraba y aprendía los cancioneros. Que eran folletos impresos en blanco y negro con las letras de las canciones de moda. Y los vendían en el quiosco de la esquina, junto a los periódicos.

Vivía en un edificio de solo ocho departamentos.

Aquí habitaban los personajes de los cuentos y las historias más emocionantes: mi mejor amiga (hasta el día de hoy), una bruja, unos seres misteriosos, un político, un dentista, una estilista y nueve niños incluyendo a mi mejor amiga y a mi.

Cuando jugábamos a Los Magníficos yo interpretaba a Murdoch, el espacio de se podría decir el lobby del edificio que era bastante pequeño, antes de las escaleras, era nuestro cuartel. Ahí planeábamos cómo atacaríamos al enemigo. Ahí también llegaba ese enemigo y echaba gases tóxicos que nos tiraban al piso ahogándonos y tratando de alcanzar la salvación. Que era la caja eléctrica. Si llegábamos a abrirla nos salvábamos.

Compartíamos escenario con Los Ángeles de Charlie, Miami Vice, El Super Agente 86 y también algunas veces ese lobby se volvía en el condominio de Barbie y sus múltiples novios.

Solo eran cuatro pisos en el edificio y habían días que lo convertíamos en una fábrica de hojas. Un balde amarrado con una soga, hojas de eucalipto y alguien que reciba el balde era suficiente. En un piso lavábamos las hojas, las metíamos al balde. Y el balde subía gracias a alguien que jalaba de la soga al otro extremo. Ese alguien también lo bajaba vacío. Y se repetía la acción. Una y otra vez.

Teníamos un club.

No recuerdo qué hacíamos. Había una mesa construida con tablas. Hojas. Colores. Y una presidenta. Sí, mi hermana mayor era la presidenta. Y también la tesorera. Solo Dios sabe qué hacía con lo qué recolectaba.

Vendimos limonada obviamente. Quién no ha vendido limonada en la vereda. A los transeúntes que amablemente cedían ante nuestro relato y colaboraban con el emprendimiento.

Jugábamos Matagente, Bata, Siete Pecados, Policias y Ladrones.

Salíamos con las bicicletas a encontrarnos con los chicos vecinos. Con los guapos. Pero a veces nos intersectaban los malos del barrio. Era febrero, carnaval y globos de agua. El terror. Yo podía entrar en pánico extremo si veía globos de agua. Y paseando en la bici, lo vi venir. Era el amigo del gordo. Ni idea cuál era su nombre. Ni el suyo ni el del gordo. Di la vuelta para avisar a los compañeros y manejé a toda velocidad gritando:

¡Ahí viene el amigo del miserable gordoooooooooo!

Todos corrimos hacia el interior del edificio para mantenernos a salvo y este salvaje con otros de su pandilla empezaron a lanzar los globos de agua dentro de los departamentos más bajos que evidentemente por el calor, estaban con las ventanas abiertas.

Pero cuando nos cruzábamos con los chicos guapos, otra era la historia. Recuerdo que nosotras íbamos. Ellos venían. Todos en bicicletas por el medio de la pista. Y cuando pasa uno de los chicos a mi lado, me dice: “Amorosa”. Que palabra para más rara en esa circunstancia. Pero claro que emocionada hasta las lágrimas.

Lo más osado que hicimos con mi amiga era comprar en la ferretería un spray y escribir en las paredes de San Isidro, un barrio o distrito donde hacer eso era casi delincuencial. Me parece que escribimos “Te Amo Julito”. Nunca sabremos si se enteró de nuestra declaración de amor.

Ya un poco más grandes nos llevaban al Club El Bosque. Debe haber sido la época en que conocimos más chicos. Los retábamos a mini partidos de basquet o quinelas. Ganábamos siempre y ellos invitaban las cremoladas.

Los retábamos a que suban a las abejitas. Un subibaja que daba vueltas y los asientos eran abejas. Se subían pensando era un juego de niños, pero se convertía en una escena de terror cuando les dábamos vueltas con todas nuestras fuerzas y luego nos lanzábamos al jardín mientras gritaban que por favor paremos.

Júgabamos NAM. Una serie de guerra. La canción era Paint it Black de The Rolling Stones. Rodábamos por los jardines, nos metíamos entre los bungalows con armas que ahora mismo mientras escribo no recuerdo si eran juguetes o eran imaginarios, solo con nuestros brazos. Creería que lo segundo.

Extraño esos juegos.

Más vale que no tengas que elegir

Vamos por un Café

Dicen que esta frase trae un mensaje oculto, misterioso, que no significa lo que realmente dice. Que es una frase doble cara. Doble sentido.

Y es que vamos por un café significa vamos a conversar, te quiero ver, qué es de tu vida. Significa dejar el chat de vez en cuando. Significa hacer contacto visual, hacer una sola cosa mientras conversas : hablar

Significa dejar de contarte cómo estoy mientras atiendes un meet, pagas tus recibos o miras la serie del momento. Significa darle entonación a mis palabras, darle vida a mi historia.

Sí,
¡Vamos por un café!
Y que te quede claro que ese café puede tener varias personalidades. Se puede comportar como un Negroni, un vino, unas alitas, una ensalada. Lo importante es hacer realidad la frase y simplemente ir.

Y debo confesar que tengo un amigo que sin exagerar me dice para tomar ese café hace más de un año. Y mis aparentes múltiples ocupaciones no lo han hecho realidad. Y sí, es verdad que no coincidimos en horarios porque él es más día y yo más noche.

Pero ayer prometí coincidir en tiempo y espacio.
Y hoy escribo esto.
No tengo escapatoria.

Vamos por un Café

Yes I do.

Veía tele en la cama, en mi cuarto y me escriben.

Estamos comiendo un Zambito (es un helado conocido en Lima) a unas cuadras de tu casa.

Ven

¡Voy!

Me escribe mi amiga. Vamos a Paracas tres días.

Una propuesta demasiado provocadora, quizá subida en inversión para pocos días.

¡Vamos!

Siempre comemos en los mismos sitios, rico, interesante, local bonito, pero probemos otra cosa.

¡Probemos!

Ya tomé un par pero me provoca un Negroni más.

Si quieres, puedes.

¡Qué pase el Negroni!

Qué dolor de pies y ya son casi las cinco de la mañana.

Qué buena canción ¿una más?

¡Cinco más por lo menos!

Todo el trámite de viajar para cuatro días. Cómo estará el clima. ¿Será muy caro?

¡Compra el pasaje!

Y así una cantidad de propuestas todas decentes hasta ahora que por ahí te sacan de tu zona de comfort solo un poco, nada exagerado, pero que hacen la diferencia cuando dices Yes I Do. Se siente buenísimo quedarse en casa en las noches viendo streaming, descansando, organizándote para el día siguiente, pero ¿todos los días?

Hoy un amigo me responde a una mini filosofada esta mañana, así:

“Eso refuerza lo que dice aquel sabio filósofo Bad Bunny “vamo a disfrutar, que nunca se sabe si nos queda poco”

Burla o no. Su razón tiene.

Yes I do.

Define Amistad.

Hay varios estilos de amigos.
Nunca lo había analizado así tan racional. Como un menú de amigos. Como una carta de tu restaurante favorito.

Puedes elegir con quien hablar de negocios. Con quien salir a probar nuevos restaurantes, sobre todo aquí en Lima que abren un restaurante a la semana. Estoy exagerando quizá pero casi.

Amigos para bailar y beber.
Amigos para filosofar y dramatizar.
Amigos para reírte solo con mirarse.
Amigos para viajar.
Amigos para ponerte al día con podcast de audios interminables para sacar conclusiones de vida.
Amigos para conciertos.
Amigos para shopping.
Amigos fitness.
Amigos para compartir reels.
Amigos para renegar de la vida.

Amigos mix and match que van bien para todo lo anterior enfatizando en algunos temas y categorías. Definitivamente cada uno tiene especialidades y maestrías donde destacar.

Y todo este análisis semi exhaustivo del tipo de amistades, nace de una conversación con un amigo que no tengo claro ahora en qué categoría o categorías posicionarlo pero es algo parecido a mi asesor personal también y fan de los vinos. Hablábamos de algo que es mejor hablar con cierto estilo de amistades y de ahí surgió el concepto de haber un amigo para cada tema.

Y además, días después tuve la suerte (casi no llego) de ir a una reunión con un compañero de escuela que estudiamos juntos desde cuarto de primaria, unos cuatro cinco años, luego se fue a otro país. Pocos años y tantos a la vez. Equis cantidad de años significa mucho o poco dependiendo la etapa de vida y edad en la que estés.

Llego a esa reunión y ahí estaba él.
Sin vernos desde hace treinta y ocho años. Wow. Muchos años realmente.
Y suena a frase cliché pero realmente parecía que nos habíamos visto el día anterior.
La misma confianza. Cariño auténtico. Conexión inmediata.
Y analizando el tema. Ese tipo de conexiones libres de interferencia yo creo se logran además de tener una buena energía de ambas partes es también cuando te conociste, en este caso de niños, cuando no había mucha contaminación mental.

Hoy que existen más estilos de comunicación, hay amigos con los que dividimos (hablo en plural porque creería que la mayoría hace lo mismo) _ dividimos las conversaciones según el medio de contacto: WhatsApp, correo, Instagram.
Y en los mismos treinta minutos podemos hablar con la misma persona diferentes temas por los diferentes medios.

Yo tengo pocos amigos y los temas los dividimos según el medio de contacto. Así que al final son muchos amigos.

Define Amistad.

¿Te acuerdas o no?

Definitivamente me considero joven aunque matemáticamente algunos digan que soy una persona adulta. Y sea por la juventud, la no juventud, adultez cerebral o lo que fuera, hay una realidad de falta de memoria.

Podría ser atrevida y generalizar o decir que son ya muchas personas las que tienen una memoria frágil. Y hace poco leí que sentimos que el tiempo pasa más rápido, esto también tiene explicación y está relacionada a la memoria.

Antes y por antes me refiero a los años ochentas y los años noventas especialmente, se vivía más, las experiencias eran más relevantes, estaban mejor atendidas, les prestábamos la atención que merecían en ese momento. Voy a pensar en un ejemplo por si algunos en edad temprana me están leyendo.

Vayamos a los años 90, viviendo en Lima, Perú, trabajando en una agencia de publicidad, un fin de semana nos ibamos a Punta Hermosa, a la playa, a la casa que habíamos alquilado. Viernes, cinco de la tarde, empezaba el relajo.

-¡Suelten la línea uno!

Escuchabas gritar. Y es que sí, no te llamaban al smartphone, perdón, no te escribían. Te llamaban a un teléfono fijo, para salir, para tomar algo, para ver a qué hora nos encontrábamos para salir a comprar y luego a la carretera para ir a la playa. Ya luego de haber coordinado, salíamos a comprar, bien equipados, nos metíamos al auto que se pudiera y directo a Punta. Ya en la casa, a airear un poco el cuarto, una limpiadita, una arreglada y nos alistamos para recibir a los chicos para luego de unos drinks, ir a bailar a Parnaiba o algo por ahí. Quizá en la misma terraza de la casa, sacábamos el equipo de música (sí, el equipo, nada de parlante) y unos buenos discos variaditos.

No entraré en detalle, pero debo decir que me acuerdo de varias fiestas, varias conversaciones, varias noches con la emoción de esperar a que llegue el chico que me gustaba, para empezar a hablar de música, de The Doors, de la vida. Y sin monitorear con mensajes qué dónde estás, que a qué hora llegas, que qué vas a traer, que con quien vienes, que qué hacemos. Nada, simplemente llegaba y que la noche nos sorprenda, relax. A lo Mr. Mojo Risin’.

Hoy es un poco distinto, al menos en lo que me toca vivir a mi.

Quedas en salir semanas antes, separas fecha, anotas para no olvidarte y no quedar con varias personas a la vez. Llega el día, digamos de ir a un bar, una fiesta. A qué hora, dónde nos encontramos, qué llevamos. Quién irá. Quién no. Y probablemente no recuerde qué hablé al detalle o qué baile, y no solo por efecto de los negronis, es por estar entre viendo el celular, escribiendo, por ahí te muestran algo que está pasando en Instagram, mira aquí, mira allá. No lo sé, pero muchos estímulos, muchos temas para atender. Y la emoción no es la misma que concentrarte en un solo evento o en dos a lo mucho.

Hablo un poco en general y estoy siendo mala gente con algunas salidas actuales como las ‘fiestas Estigma’ que son algo especial porque vamos con amigas a bailar lo que nos gusta y básicamente prestamos atención a bailar y no a mucho más, un negroni, una Stella a lo mucho. Bajarle los to do’s a la noche está bueno. Ayuda a que la memoria no sea frágil y acumule más recuerdos placenteros.

Al inicio hablaba de hoy, de los tiempos de ahora, que se olvidan las cosas más fácilmente y que no existe la buena memoria. Y mencionaba también lo que leí. Básicamente y en fácil, es que con lo digital hacemos tantas cosas a la vez que sin darnos cuenta no le prestamos la atención necesaria a una acción en especial. Y a eso súmale la edad frente a los noventas, donde posiblemente ahora tengas mayores responsabilidades, preocupaciones, personas que atender, que mantener.

El cerebro se está acostumbrando a esa velocidad, a interactuar con estímulos rápidos y varios a la vez, a vivir rápido, a tener todo inmediato, a desesperarse si no te contestan, si no te mantienen al tanto, si no llega el delivery, si no carga pronto una página web. Y eso ha hecho que la vida cambie, que la memoria cambie, porque el cerebro actúa distinto. 

Hace poco salí a caminar con mi mejor amiga que nos conocemos la vida y al despedirnos, ella se iba a la derecha y yo a la izquierda. Al segundo las dos recordamos cuando hacíamos lo mismo pero teníamos quince años y estábamos horas en la calle sin celular, sin presiones, sin saber qué iba a pasar porque no teníamos un aparatito que nos decía que estaba pasando a esa misma hora pero unos metros, unos kilómetros más lejos. Vivíamos solo el momento y el ver de no pasarnos la hora para volver a casa y no nos den por muertas o secuestradas. 

Esa memoria de cuando teníamos quince años quedó ahí, en nuestro cerebro y se activó cuando recreamos la misma situación sin darnos cuenta. La culpa no es de la tecnología, es de cómo la lleves en tu vida.

Sí, sí es posible volver a vivir el momento.

Y volver a tener memoria.

¿Te acuerdas o no?

Class of 90. Friends 4 ever.

No, no soy villamariana ni hablo (tanto) spanglish. Pero estudié en el Abraham Lincoln que al menos en mi época todo primaria era en inglés y me hizo desentenderme de ciertas palabras en español que hasta el día de hoy primero me salen en english. Cómo qué, como ‘fence’, ‘quarter’, ‘necklace’, entre otros… pero bueno, no vamos por ahí. Venía a hablar de mis friends for ever, que definitivamente son los buenos amigos del cole, que conozco desde hace casi 45 años.

De hecho tengo dos amigos en especial que siempre salimos a comer y tomar. Por lo menos una vez al mes, últimamente. Somos dos mujeres y un hombre, totalmente diferentes entre nosotros, profesiones, trabajos, forma de vestir, música, todo es diferente, menos el gusto por la comida y la bebida, claro. Aunque uno es artesanal, otra Cristal y otra Pilsen, ahí vamos por la vida, bien amigos siempre.

Hace unas noches, en una de esas salidas, sale la frase: ‘oye, ya toca que escribas de nosotros pues’. Y sí, por qué no. Además de amigos, son fan de mi blog, espero que en serio y no porque crean que me voy a molestar si no les gusta.

Pero no es que aquí vaya a hablar de sus vidas, esto más bien es una oda a la amistad y a esa confianza y amor que hay con quienes te conoces desde kinder y pasaste 11 años, casi 7 horas al día, de lunes a viernes. No contentos con ese tiempo de vernos, conversar, reir, jugar, llegando a casa, hablaba horas por teléfono de lo que pasó en el día. Ya de más grandes, no solo nos veíamos de lunes a viernes y hablábamos por teléfono. También nos veíamos los sábados en Camino Real, en el cine o en alguna fiestita. Todo era tan genuino, hasta inocente diría, al menos en mi mundo, en mi burbuja. Creo nunca me he reído tanto como en el colegio. Felicidad total sin tecnología. Ni los jalados, ni las quinta nota, ni los exámenes en marzo, nada opacaba mi felicidad. Aunque creo que lo único era cuando perdíamos en algún partido, ahí si podía llorar.

Y bueno, esa felicidad vuelve a sentirse cuando estoy con ellos, con mis amigos Clau y Pancake, cenando en el restaurante que toque, en el que alguna tarjeta haga descuento. Y es él, el chico del grupo, el genio matemático, que divide la cuenta y simplemente dice ‘me yapean’. Además de conocernos de por vida, ya conocemos quien no perdona una cena, quien come poquito, quien prueba cosas nuevas, quién no, quién llega tarde, quién separa la mesa, quién reniega, quién se caga de risa, quién no cuenta el chisme completo, quién se olvida de lo que iba a contar.

Y así seguirán siendo nuestras reuniones, con nuevas cosas por decirnos, viejas cosas por recordar o no recordar. Con anécdotas por las cual renegar para terminar riendo siempre. Hablar y hablar, sin ser juzgados, de cualquier tema y escuchándonos siempre.

Y si bien cada año será distinto sea por las cosas que nos pasen o por la edad que avanza, los temas clásicos y básicos, la carnecita pura y dura, nunca va a cambiar. Hasta seguro seguiremos hablando del viaje que algún día haremos, hasta que llegue el día de hablar del viaje que hicimos.

Larga vida a la amistad, a esta amistad que conoce todas tus vidas. Larga vida a lo que nos diferencia y que nunca nos separó. Solo nos da más nuevas anécdotas y nos permite seguirnos sorprendiendo, como si no nos conociéramos. Hoy especialmente, me di cuenta que quiero mucho a mis amigos, más de lo que pensaba.

Y si tú también los tienes, aprovéchalos, quiérelos, disfrútalos.

Class of 90. Friends 4 ever.