Y no, no se trata de un relato misterioso ni de deseos de morir o que te mates. Tampoco soy argentina pero iba bien para el título.
Memento Mori
Memento Mori
Bella frase, con ritmo, y llena de emes.
Es una frase que ha cruzado siglos, continentes, desde la antigua Roma. Pero llega a mi gracias a Depeche Mode, sí, bien superficial su llegada pero bueno, la conocí, no importa por dónde venga lo bueno y cuándo llega. Lo que importa es saberlo reconocer, saberlo aprovechar.
Este grupo – Depeche Mode – sacó un disco con ese nombre, muy en su onda dark wave o synth pop y no hace mucho con una amiga que nos encanta el grupo fuimos al cine a ver nada más y nada menos que Memento Mori, el concierto en México. Era esa mezcla hermosa de ver a David Gahan moverse en el escenario con la poesía de los mexicanos que aman la muerte, una combinación exquisita, muy poética.
Y Memento Mori
que significa recuerda que vas a morir, recuerda que no eres eterno, recuerda que estás aquí para vivir, recuerda que mueres porque mueres. Y es lo mejor que te pueden recordar. Si no te acuerdas que vas a morir y te crees inmortal, vas a vivir como inmortal, probablemente aburrido porque el tiempo te sobra. Haciendo lo mismo todos los días, adorando tu rutina, creando tu espacio inmortal donde los mortales no podemos entrar.
Para qué dejar entrar algo que incomode tu inmortalidad.
Si cada día recuerdas esta frase, este concepto y lo pones como tu vision board, seguramente empezarás a vivir. A vivir más. A vivir mejor. A empujar hacia un costado esa rutina que está tan cómoda y acurrucada a tu lado, a querer sentir frío cuando amas el calor, a querer sudar cuando te encanta estar a temperatura promedio.
Vas a querer salir.
Hablar.
Conocer nueva música, nuevas personas.
Bailar hasta abajo.
Vas a querer tomar ese curso.
Hacer ese viaje.
Hablar con la gente.
Saludar a más desconocidos.
Vas a pedir incomodidad.
Estar incómodo es vivir más emociones de las que estás acostumbrado.
Vas a querer.
No te vas a conformar.
Vas a querer.
Memento Mori para todos.
Para todos nosotros que vamos a morir y solo por eso tenemos que vivir.
Definitivamente me considero joven aunque matemáticamente algunos digan que soy una persona adulta. Y sea por la juventud, la no juventud, adultez cerebral o lo que fuera, hay una realidad de falta de memoria.
Podría ser atrevida y generalizar o decir que son ya muchas personas las que tienen una memoria frágil. Y hace poco leí que sentimos que el tiempo pasa más rápido, esto también tiene explicación y está relacionada a la memoria.
Antes y por antes me refiero a los años ochentas y los años noventas especialmente, se vivía más, las experiencias eran más relevantes, estaban mejor atendidas, les prestábamos la atención que merecían en ese momento. Voy a pensar en un ejemplo por si algunos en edad temprana me están leyendo.
Vayamos a los años 90, viviendo en Lima, Perú, trabajando en una agencia de publicidad, un fin de semana nos ibamos a Punta Hermosa, a la playa, a la casa que habíamos alquilado. Viernes, cinco de la tarde, empezaba el relajo.
-¡Suelten la línea uno!
Escuchabas gritar. Y es que sí, no te llamaban al smartphone, perdón, no te escribían. Te llamaban a un teléfono fijo, para salir, para tomar algo, para ver a qué hora nos encontrábamos para salir a comprar y luego a la carretera para ir a la playa. Ya luego de haber coordinado, salíamos a comprar, bien equipados, nos metíamos al auto que se pudiera y directo a Punta. Ya en la casa, a airear un poco el cuarto, una limpiadita, una arreglada y nos alistamos para recibir a los chicos para luego de unos drinks, ir a bailar a Parnaiba o algo por ahí. Quizá en la misma terraza de la casa, sacábamos el equipo de música (sí, el equipo, nada de parlante) y unos buenos discos variaditos.
No entraré en detalle, pero debo decir que me acuerdo de varias fiestas, varias conversaciones, varias noches con la emoción de esperar a que llegue el chico que me gustaba, para empezar a hablar de música, de The Doors, de la vida. Y sin monitorear con mensajes qué dónde estás, que a qué hora llegas, que qué vas a traer, que con quien vienes, que qué hacemos. Nada, simplemente llegaba y que la noche nos sorprenda, relax. A lo Mr. Mojo Risin’.
Hoy es un poco distinto, al menos en lo que me toca vivir a mi.
Quedas en salir semanas antes, separas fecha, anotas para no olvidarte y no quedar con varias personas a la vez. Llega el día, digamos de ir a un bar, una fiesta. A qué hora, dónde nos encontramos, qué llevamos. Quién irá. Quién no. Y probablemente no recuerde qué hablé al detalle o qué baile, y no solo por efecto de los negronis, es por estar entre viendo el celular, escribiendo, por ahí te muestran algo que está pasando en Instagram, mira aquí, mira allá. No lo sé, pero muchos estímulos, muchos temas para atender. Y la emoción no es la misma que concentrarte en un solo evento o en dos a lo mucho.
Hablo un poco en general y estoy siendo mala gente con algunas salidas actuales como las ‘fiestas Estigma’ que son algo especial porque vamos con amigas a bailar lo que nos gusta y básicamente prestamos atención a bailar y no a mucho más, un negroni, una Stella a lo mucho. Bajarle los to do’s a la noche está bueno. Ayuda a que la memoria no sea frágil y acumule más recuerdos placenteros.
Al inicio hablaba de hoy, de los tiempos de ahora, que se olvidan las cosas más fácilmente y que no existe la buena memoria. Y mencionaba también lo que leí. Básicamente y en fácil, es que con lo digital hacemos tantas cosas a la vez que sin darnos cuenta no le prestamos la atención necesaria a una acción en especial. Y a eso súmale la edad frente a los noventas, donde posiblemente ahora tengas mayores responsabilidades, preocupaciones, personas que atender, que mantener.
El cerebro se está acostumbrando a esa velocidad, a interactuar con estímulos rápidos y varios a la vez, a vivir rápido, a tener todo inmediato, a desesperarse si no te contestan, si no te mantienen al tanto, si no llega el delivery, si no carga pronto una página web. Y eso ha hecho que la vida cambie, que la memoria cambie, porque el cerebro actúa distinto.
Hace poco salí a caminar con mi mejor amiga que nos conocemos la vida y al despedirnos, ella se iba a la derecha y yo a la izquierda. Al segundo las dos recordamos cuando hacíamos lo mismo pero teníamos quince años y estábamos horas en la calle sin celular, sin presiones, sin saber qué iba a pasar porque no teníamos un aparatito que nos decía que estaba pasando a esa misma hora pero unos metros, unos kilómetros más lejos. Vivíamos solo el momento y el ver de no pasarnos la hora para volver a casa y no nos den por muertas o secuestradas.
Esa memoria de cuando teníamos quince años quedó ahí, en nuestro cerebro y se activó cuando recreamos la misma situación sin darnos cuenta. La culpa no es de la tecnología, es de cómo la lleves en tu vida.
Así en medio de la calle, no tienes nada que hacer por lo menos en unas diez horas. Nadie te espera. Nadie te llama. Nadie te escribe. Ni por Whatsapp. Ni por DM. Nadie te comparte un reel gracioso. Nadie te comparte una publicación que podría ser interesante para ti. Nadie te deja un audio.
Nadie se acuerda de ti.
Nadie te necesita.
Nadie.
En qué pensarías. Qué harías.
Yo
me sentiría cien por ciento libre.
Ni yo me necesito.
Pensé en poner una botella de vino en la escena, pero creo que ni eso es necesario.
La hora es importante.
Seis de la mañana.
Lima, Perú. Verano. Vacaciones. San Isidro.
Dudo que muchos carros pasen y ya está iluminado por la temporada pero no tanto como para morirte de calor. No tanto como para incomodarte. It’s ok.
No faltará un Maltipoo saliendo a pasear con su dueño runner.
Pasé ya el medio siglo de existencia y no tengo muy claro cuánto tiempo de ese medio siglo lo pasé viviendo. Viviendo como yo quise, como quiero, como me siento feliz, triste, sin control. Estaré más atenta ahora a lo que hago por la vida. Y estaré también escribiendo más.
Bailo.
Bailo.
Bailo no como profesional, bailo en el bar, en el club, en mi sala. Bailo tanto cuando me gusta la música que no sabría decir qué siento cuando lo hago. Voy a tener más conciencia de mis sentimientos al bailar, a ver qué pasa. Quizá nada, porque para qué tener conciencia de algo tan libre.
Podría decir que escribo desde chica, porque en el colegio, esa etapa maravillosa, libre, feliz, donde empezar a reirse era no parar y no parar hasta perder el control de mi cuerpo, graciosamente lo que me pasa también ahora. Si me excedo en risas, podría salir desde dentro de mi una agüita amarilla cálida y tibia, como muy bien decían Los Toreros Muertos, la banda española.
Qué escribía en la escuela.
El periódico mural, The Giant View se llamaba.
El horóscopo, donde yo, scorpio, hacia match con el chico de turno. Capricornio puede ser. Puede ser.
Los dialogues, sí, así en inglés. English Day Our Day, era un día maravillosamente especial, donde actuábamos los diálogos que escribíamos. Y me gustaba mucho que pusieramos en escena algo que yo había escrito. Lástima no guardé las copias de los guiones, pero recuerdo la línea de inicio de uno de los últimos:
I wanna be rich, I wanna be famous, to have the world in my hands… I want power, power, and more power… ha ha haaa… (risa típica de científico loco)
Ya en el último año del colegio me preguntan que quiero estudiar y dije:
Algo corto y creativo.
Y aquí estoy ahora de directora creativa de mi agencia de marketing, donde sigo escribiendo, no lo que me da la gana, pero escribiendo, creando.
¿Qué más me gusta?
Viajar. Y es algo que haré más seguido.
¿Familia propia?
No por ahora. No nací para traer niños al mundo y quedé viuda hace algo más de un año. Ya pronto volveré a crear otra familia.
Por lo pronto me dedico a trabajar, bailar mientras pueda, a tomar vino y negronis. Hablar con mis amigas, almorzar religiosamente todos los domingos con mi familia y me encantaría