La mujer más indefensa del mundo

Esta tarde de feriado salí a hacerme la manicure. Salí a pintarme las uñas como se decía en los ochentas. A hacerme es mucho decir, a qué me hagan. A una peluquería. Fui caminando para aprovechar de hacer el ejercicio del día, más aún siendo un día libre, más relajado.

Ese momento, mientras dejan tus manos más lindas, es definitivamente un buen momento. Relajado. Dónde no hay nada más que hacer que dejarte hacer. Masaje y exfoliación incluida.

Pero qué pasa cuando estás con las uñas recién pintadas. Nada. Literalmente nada. No puedes hacer nada. Olvídate de abrir la cartera, la billetera. Mirar el celular. Puedes mirarlo, pero no sacarlo de tu bolso, estuche, bolsillo.

No puedes rascarte la cabeza. Pasarte la mano por el pelo. No puedes. Salí a caminar de regreso. Había algo de viento. Y si el viento llevaba arenilla o cochinadas hacía mis uñas húmedas por el esmalte. Se quedarían pegadas en ellas. Se malograrían.

Qué pasa si viene un ser de mal vivir y quiere robarme. Quiere secuestrarme. ¿Podré defenderme? Lo dudo. Tendría que esperar unos treinta minutos por lo menos.

¿Así seremos en el amor?

En esa primera etapa cuando está recién pintadito. Con masajes y exfoliación incluida. Cuando se va formando algo lindo y así se queda un buen rato. Hasta que pasa algo o no. No siempre todo termina en drama, lamento decirles.

Pero definitivamente debe haber un tiempo – así como cuando esperas que se sequen tus uñas – donde no puedes defenderte, no quieres. No te interesa hacerlo. Eres indefensa. Algo débil. Algo torpe. Algo espectadora.

Hasta que se seca.

La mujer más indefensa del mundo

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