A veces solo tienes que moverte un poquito

Hace unos días soñé.

Tuve un sueño que recuerdo clarísimo. Recuerdo muy bien lo importante al menos y eso definitivamente no es muy común. En los últimos años, he despertado con la sensación de haber soñado algo relacionado a un tema, pero no pasaba más allá de eso.

Era un cielo azul.

Azul intenso.

No muy oscuro, no muy claro.

Esa hora que ni es de día ni es de noche y generalmente estás terminando algo o a punto de iniciarlo. Era más cerca de la noche que del día definitivamente y ahi estaba bajo ese cielo azul, azul intenso y además estrellado, un juego de columpios. Como los de antes que hasta hoy existen, en más variantes que en los años ochenta, pero con la misma mecánica y funcionalidad.

El ambiente es el que era un poco difuso al despertar, pero en el sueño era muy claro, que era una habitación sin techo, alguien la limpiaba o acomodaba.

Yo vi el columpio, me emocioné y sin pensarlo subí a columpiarme. Empecé a darme impulso con los pies, para llegar lo más alto posible. Esa era la consigna, lo más alto posible. De a pocos me balanceaba, pero había un fierro del mismo columpio muy cerca, me golpeaba. Y si me elevaba un poco más, mis pies estaban a unos escasos centímetros de golpear a la señora que ordenaba ese espacio que entiendo era mi espacio.

Un poco frustrada por no poder volar cada vez más alto, más lejos, decidí sentarme al revés, mirando al lado opuesto. Y empezar nuevamente a impulsarme, los pies adelante, los pies para atrás. Y así, con cada movimiento fui tomando velocidad, tomando vuelo. Cada vez más alto. Cada vez menos esfuerzo. No me chocaba con nada. Con nadie. Veía las estrellas más cerca y una sensación de felicidad. De libertad.

Y listo, desperté.

El sueño perfecto, ni más ni menos.

El mismo columpio, solo había que voltear.

Mirar desde otra perspectiva.

A veces solo tienes que moverte un poquito.

A veces solo tienes que moverte un poquito

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