En una tarde fría en Madrid entra un señor a un restaurante.
Era el restaurante del hotel donde estaba hospedada, entra este señor, se sienta en una mesa pequeña, pide dos bebidas, se sienta a leer un periódico y llama a creería era su esposa a avisarle que se encontraría con alguien, posiblemente. Hasta donde estuve no llegó nadie.

Lo que llamó mi atención es que el señor pide por favor un café descafeinado y un agua sin gas. Automáticamente en mi mente pensé, pero que tío para más aburrido, café sin cafeína y agua sin gas, sin alegría burbujeante. Y en segundos imaginé su vida así, lo juzgué por su pedido, un hombre sin gracia. Absolutamente irracional mi pensamiento, claro está, pero fue inevitable que mi mente viaje por ese lado ante ese pedido que captó mi atención, tanto así que escribí algo sobre ello y tú lo estás leyendo ahora.
Y a los segundos también me dije,
-¿Pero no es esa la vida que buscas?
Estar en un café sin nada que te altere, sin llamadas, sin celular en mano.
Tanto como quiero llenarme de ocupaciones también quiero quitármelas, principalmente del espacio mental. De ese espacio que no para y siempre quiere más.
Estar solo leyendo sin apuro y por placer, con un café y un agua. Así de simple. Con cafeína y con gas en mi caso, pero café y agua al fin y al cabo.