Hay que cruzar

Un día semana. Un día de trabajo.

Para encontrarme con el taxi que me lleve a mi oficina estaba por cruzar un semáforo en una avenida, en una esquina con tres cruces. Llego para caminar por las zebras y me doy cuenta de un desorden inusual. Más movimiento. Bocinas sonando. Algunos gritos de hombres que al parecer no han dormido bien la noche anterior o tienen un problema de manejo de ira.

Mire con atención a mi alrededor toda esa variación en el ambiente y luego subí la mirada para ver en qué color estaba el semáforo. Y oh sorpresa, no hay colores. No hay semáforo funcionando. Entendí todo. Una chica, bastante más joven que yo, se acerca también para cruzar la pista, pero antes cruzamos algunas palabras. La miro y le empiezo a hablar.

-No hay semáforos

-Uy sí… y ahora

-Hay que cruzar

Y bueno, cruzamos. Pidiendo a algunos autos que paren. 

Un diálogo tan corto, tan preciso. Tan importante.

Cuando tengas una realidad en la vida, un escenario diferente, una situación inesperada. Actúa. Piensa rápido y empieza a hacer algo. Porque si te quedas analizando qué pasó, por qué pasó, quién es el responsable, a quién le corresponde. Olvídate, se te va la vida. Haz algo, así sea lo mínimo. Ese pequeño movimiento te llevará a otro, y a otro y a otro. Hasta que cumplas tu objetivo. Hasta que estés encaminado. Lo que venga primero.

Este episodio común de la vida diaria me hizo ver la importancia de tomar acción en todo y cuando dudo, cuando demoro, recuerdo a la chica diciéndome: Uy sí… y ahora

Hay que cruzar