La promesa. Lima, 2015.

-Esa cicatriz te delata

-¿Cómo?¿Qué?

-Puedo jurar eres Joaquín

-Sí que yo sepa, sigo siendo Joaquín y tú quién eres…

-Mírame bien

-Sí, me eres muy familiar

-Y es que eramos casi familia, acuérdate… ¡chato bajaaaaa!

-Toto, ¡Toto! eres tú, claro que eres tú pero calvo jaja.

-Joaco, si no fuera por esa marca de la sacada de mierda con la bici, no te sacaba.

-Y tú, te desapareciste como si te hubiera tragado la tierra.

-Sí pues, me acuerdo la última vez que nos vimos fue en tu cumpleaños, a los diecinueve. Tremenda borrachera.

-¿Qué te pasó? ¿Dónde estabas? ¿De dónde saliste? Sabes que justo en la época que despareciste, también nos enteramos de la desgracia de Laura, la del piso cuatro en el edificio ¿Te acuerdas de ella? ¿Supiste que murió? Todos estuvimos en el velorio menos tú.

-Huevón, me fui a estudiar fuera. Por el terrorismo y que todo el Perú estaba movidazo, por eso mis viejos me mandaron con mis tíos a Houston.

-Sí, tus papás algo me dijeron, pero no me dieron mucha info. Y luego se mudaron y también perdimos contacto. Rarazo todo ese año, pero bueno, en esos tiempos sin internet, ni redes sociales, era más normal perderse.

-Bueno chato, ya estoy por aquí, después de treinta años y mira dónde te vengo a encontrar, en un supermercado. Ya estamos viejos.

-Viejos ni cagando, pero cuéntame por qué te fuiste tanto tiempo y sin comunicarte.

-Nada, estaba metido en mis business… Oye y te acuerdas ¿Cómo era eso qué hacíamos como un juramento, como una promesa entre nosotros?

-Asu, no me acuerdo.

-Era cada vez que alguno hacía algo malo, algo que nadie se podía enterar, y menos nuestros papás. Todo quedaba entre nosotros.

-Sí, en eso me ganabas, yo era el que más guardaba todos tus secretos, en mucha huevada te metías.

-Ya me acordé. Con la mano en el pecho, nos mirábamos sin parpadear diez segundos y luego decíamos: ‘¡queda entre nosotros!’

-Ya me acordé, ‘¡queda entre nosotros!’, sí.

-A ver, hagámoslo.

-No friegues Toto, mejor quedemos en tomar unas chelas para ponernos al día.

-Hagámoslo.

-No Toto, para qué.

-Hagámoslo pues huevón. Que nuestro encuentro no sea en vano.

-Habla, cuándo puedes salir, ¿este fin de semana?

-Hagámoslo pues.

-Qué pesado te pones, mierda. Y además con esa cara de loco.

-Hagámoslo al toque.

-Ya me tengo que ir.

-Te quedas.

-Suéltame Toto, ya te estás pasando.

-Hagámoslo.

-Ya, ya y no me jodas más. 

– Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno…

– ¡Queda entre nosotros!

– Yo maté a Laura.

(Ficción. Ejercicio con diálogo directo.)

La promesa. Lima, 2015.