[2015]
Del amor. Del desamor. De la comida chatarra. De las ensaladas. Del bronceado. De las fiestas. De los bares. De las reuniones en casa. De los viajes. De las vacaciones. De batir record de novios. De batir record sin novios. De hablar sin parar. De no decir nada. Del conflicto. De decidir por los demás. De no decidir nada. Del trabajo. Del jefe. De la casa. De llegar tarde. De la puntualidad. De organizar las fiestas. De ir a todas las fiestas. De malograr todas las fiestas. De los chicos. De las chicas. En fin, seguro tienes mil princesas más dando vueltas y patinando en tu cabeza. Pero por más princesas que seamos, siempre queremos más, queremos ser la otra, queremos lo de otras princesas. Queremos lo de las reinas. Ahora, es algo archi conocido que nadie está contento con lo que tiene, con su reinado o principado. Y nos enseñan o nos machacan que debemos estar satisfechas con nosotras, con nuestra vida, con nuestro cuerpo. Satisfechas y orgullosas. Y la verdad no se por qué. Sería un poco aburrido no pedir más. No querer lo que ella tiene o el shampoo que ella está usando. No reclamarle a la vida. No quejarse. No querer el príncipe de otra. O simplemente querer su cartera. Hay algo que no está equilibrado. Algo que no enseña ni Disney ni Paramount Pictures. Pero que sí te enseña la vida. Tu vida. Tu casa. Tu colegio. Tu Universidad. Tu trabajo. Tu compañero de oficina. Tu novio. Tu novia. Tu mascota. Y la reflexión principesca nació del simple hecho de querer entender a otras mujeres (porque a los hombres creo ya no se les entiende solo por ser hombres). Y ahí darme cuenta que lo mejor es no interferir en reinos, pero sí joderlos. Sí andar husmeando. Alucinando. Interrogando. Escuchando. Y así, me sigo inspirando.