Esa noche era una noche especial, era una noche de luna llena. Era una noche en la que salen los hombres lobo, los árboles en forma de mounstros, los muñecos diabólicos… y claro, lo más importante para una noche así son los efectos especiales. Para eso, eran suficientes los ronquidos de papá. Todos en la casa dormían. Todos, menos yo. No eran los hombres lobos ni los mounstros imaginarios, lo que me tenían despierto. Era la puerta de mi cuarto. Era yo sentado en mi cama, mirando la puerta de mi cuarto. Para ser más exacto, era yo aterrorizado, sentado mirando la parte de abajo de la puerta de mi cuarto. Lo que veía eran unos pies diminutos caminando de un lado a otro y que golpeaban de vez en cuando pidiéndome entrar.
Uno, dos, tres… cuatro pasos. Sólo son cuatro pasos hasta la puerta. Sólo tengo que pararme, caminar cuatro pasos y abrir la puerta. Eso era todo. Y eso fue todo lo que hice. Casi sin abrir los ojos corrí a abrir la puerta y con la misma rapidez la cerré. Fue en ese momento que vi una pequeña sombra correr hacia mi y desaparecer por debajo de mi cama.
«¡Sergio, a desayunar!» El grito de mi mamá me despertó. Estaba asustado, empezé a recordar lo que sucedió hace unas horas en esa noche de luna llena. ¿Había sido una pesadilla? ¿Una broma -de pésimo gusto- de mi imaginación?… o todo lo que ví, sentí y escuché realmente sucedió. Y si fue así ¿qué pasó? Sólo se que me quedé dormido.
La mesa del desayuno era un domingo totalmente normal. El jugo, el café, la leche, los panes y el periódico. Lo único raro en ese domingo era yo.
«¡Sergio, no encuentro tu taza… ¿la has visto?… ¿qué te pasa, no dormiste bien?
No podía hablar, y menos contar lo que había vivido. Nadie me iba a creer. En esos momentos sabía que podía confiar en alguien: en mi juguete favorito. Un luchador de artes marciales -el mejor-, que usaba un pañuelo negro en la cabeza y uniforme rojo. Se llamaba Chi-no. Un verdadero súper héroe. Vencía a quien se cruzara en el camino luchando con sus propias manos, no necesitaba armas. Pero ahora el súper héroe tenía que ser yo, tenía que entrar a mi cuarto a buscarlo. Y no sabía lo que podía encontrar ahí adentro. Respira profundo. Cuenta hasta tres. Los fantasmas no existen. Por fin logré entrar, no encontré fantasmas pero tampoco encontré a Chi-no. Busqué por toda la casa, en cada habitación, en cada cajón, debajo de los sillones, en el carro, el jardín, llamé a mis amigos. Pero nada, no aparecía. No podía entenderlo, Chi-no jamás se había separado de mi y hoy simplemente no existía. Se hizo de noche, la noche más triste de mi vida.
Antes de dormir busqué a Chi-no debajo de la cama, estiré mi brazo recorriendo todo el piso y nada. Cuando pasé mi brazo por segunda vez, simplemente quedé paralizado. Algo o alguien ponía a Chi-no en mi mano. Lo agarré muy fuerte y me paré de un salto al costado de la cama sin saber qué hacer. Yo sólo seguía apretando muy fuerte a Chi-no cuando algo empezó a salir de abajo de la cama. Yo no hablaba, no me movía. Pensé que todo pasaba dentro de un sueño que empezó esa noche de luna llena. Ese “algo” que salía de mi cama tenía cuerpo y un rostro que me miraba asustado. Era un duende. No lo podía creer. Nos quedamos mirando un buen rato. Estaba vestido totalmente de amarillo, no tenía pelo, su cabeza era alargada y con unas orejas enormes. Los dos nos seguiamos mirando asustados, hasta que le logré preguntar muy bajito y con voz temblorosa: «¿Qui-quién eres?». Inclinó su cabeza ligeramente a un lado y pude sentir en sus ojos que empezaba a confiar en mi, que era un duende indefenso y que podría necesitar ayuda.
Trate de hablarle más. «¿De dónde vienes? ¿Tú te habías llevado a Chi-no?. Pero él no me hablaba, me seguía observando y empezó a sonreir. Mientras le miraba a los ojos sentía que me hablaba sin palabras. Podía entender lo que quería con sólo mirarlo. Se sentía solo. Había cruzado sin querer a otra dimensión, a la dimensión de los humanos. En una noche de luna llena como la de ayer, hace muchos años él estaba en su bosque, se alejó de sus amigos y sin querer llegó hasta aquí.
Luego empecé a ver una profunda tristeza en sus ojos. Ya nunca más iba a poder regresar a su hogar. Nunca. Y tampoco podría vivir como duende entre nosotros, los humanos. Quería abrazarlo, quería decirle que podía quedarse conmigo, pero él sabía que esa no era la solución. Él debía renunciar a su alma de duende y para que no muera, yo debía tomar una decisión: convertirlo en mi juguete favorito.
Al día siguiente nadie entendía por qué había cambiado a Chi-no por un muñeco vestido de amarillo y con una sonrisa eterna en los labios.

Un espacio mental que abre la puerta a pensar en nuestros momentos de soledad durante la niñez. Me gustó!
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