#1
Amenza de aborto. Pensé por qué meterse en estos problemas. Por qué jugar a ser mayores. Llega ella a buscarme por un sangrado. 19 años. Estudia y trabaja en un call center. Y además lleva 10 semanas de vida en su vientre. Llega él. 19 años. Estudiante. Casi llorando, no quiere verla sufrir ni perder a su primer heredero. Me conversan. Yo pregunto. Indago un poco más sobre sus vidas. Cómo llamar a la mamá de esa chica que puede ser mi hija a decirle que está apunto de perder a su nieto. Me cuentan que no tienen dinero. Pero aún así no los veo complicados, los veo felices. Con la desesperación de salvar una vida. Les di una ambulancia y medicinas. Al día siguiente él va a agradecerme mientras ella está salvando a su bebé en el hospital. Quieren tener a su hijo.
#2
Una chica inglesa. Feliz de vivir en Lima y de tener un novio macho latino peruano. Celoso por supuesto. Llega con un corte en el dedo sin cicatrizar hace más de una semana. La curo. Le hablo. Me habla. Me dice que le gusta que su novio sea celoso y como para dejarlo marcado con sangre -literalmente- tiene su dedo. Qué pasó exactamente, no se. Solo bromeo con ella diciéndole que mi novia me pega. Le causa gracia, así como le causó gracia los celos y su dedo cortado.
#3
¿Qué puedo aprender de ti? Me pregunté internamente atendiendo a mi paciente lingüista. Un devorador de libros. Mientras trataba de aminorar sus males físicos, decidí que podría aminorar mis males literarios. Y me atreví a preguntarle, qué podría leer, qué me podría distraer de este mundo. Algo nuevo. Algo que venga de alguien que los libros son su razón de vivir. Murakami, me dijo. Kafka en la Orilla. Y hace poco venía escuchando sobre “un tal Murakami”, se que mi novia ya terminó de leer un libro suyo. ¿Conicidencia? ¿Buen augurio? Murakami será.
#4
¿Qué es la tristeza? La verdad nunca supe. Nunca me tocó. Nunca la toqué. Alguna vez quise por ahí coquetearle, pero no pasó de ‘one night stand’ hasta hoy. Vi como distraída caminaba hacia mi consultorio. Como sonriendo escondía lágrimas que mojaban algunos recuerdos. Vi como Don Javier se sentaba frente a mi, sin mirarme, pero con ganas de hablar. Y yo con ganas de escucharlo sin estetoscopio ni cartel de médico.
– Ya tengo mis resultados, ya se lo que me pasa, ya se lo que tengo. Tengo Alzheimer. Y tengo una soledad en el corazón que me mata. Tengo tristeza en todo mi cuerpo. Hoy vi una gaviota y ya no me importaron mis resultados. No me importó lo que empezaría a olvidar. Me estremeció lo que empecé a recordar. A ella. Al amor de mi vida. A los días que pasábamos mirando gaviotas. Le encantaban las gaviotas porque son monógamas me decía. Hasta que la muerte las separe. Y ya nos separó. Después de cuarenta años juntos como gaviotas. Como las gaviotas que le gustaban ver por la ventana. Espigadas. Felices. Cómo tú mi amor. Nunca te voy a olvidar. –
Esa tarde en mi consultorio, escuché como nunca.
